miércoles, 4 de mayo de 2011

La Playa, el “Corpus Iuris Civilis” y el “rompesaraguey”


Cuando nací ya mi familia vivía en La Habana, gracias a eso no clasifico como Palestino, título que aunque en Cuba no pasa de ser un despectivo, en algunos lugares del mundo pudiera ser sospechoso de pertenecer a sectas extremistas. Me cuenta mi mamá que por ese entonces vivíamos en Guanabo con mi papá, en un garaje muy grande que habían convertido en una casa pequeñita. Años después, cuando mis padres se divorciaron, y aun siendo muy niño pasaba los fines de semana en aquel lugar. Curiosamente, mis recuerdos de aquella etapa en la playa me remontan siempre a fríos inviernos, tengo imágenes de jugar en la arena con mi papá mientas un violento mar agitaba la playa solitaria, tomar malta en pergas enceradas y corretear en el famoso parque de diversiones conocido como “los caballitos” de los cuales hoy no queda nada. Tiempo después mi papa se volvió a casar con una mujer que vivía en el otro extremo de La Habana y se mudó para casa de ella para no regresar más a la pequeña casita de Guanabo la cual volvió a convertirse en un gran garaje nuevamente.

Mi mamá también se casó de nuevo pero no se mudó, fue su esposo el que vino a vivir con nosotros, yo tendría par de años y vivía en una casona colonial en La Habana Vieja, fue donde crecí y es donde vivo todavía. Ella estudió derecho y trabajaba en un bufete colectivo, ahí conoció a mi padrastro que también era abogado, mezcla que provoco que los libreros de la casa fueran monotemáticos, las tertulias nocturnas trataran sobre el “Corpus Iuris Civilis” y mientras mis amiguitos en la escuela cuando jugaban al policía y al ladrón querían meter a la gente presa, yo les explicaba que aquello era imposible sin un juicio antes.

Mi primaria fue típica… como cualquier otra primaria de la Habana Vieja. Donde los niños no quieren ser doctores, bomberos o cosmonautas, sino Abacuas, Babalaos o Yabos. Aprendí a fajarme y después aprendí a que fajarse no resuelve nada… todo lo contrario. Mientras mi maestra enseñaba que las estrellas no tenían luz propia sino que la recibían del sol ( se los juro por mi madre que decía eso), leía libros de mitología griega, ya por ese entonces usaba espejuelos, unos muy feos grandes de pasta que me hacían par de moretones en la nariz y hasta estuvieron amarrados con un alambre en una ocasión que se les cayó la pata, muchas de mis peleas a la salida de la escuela fueron por causa de los nombretes que recibí por usar espejuelos grandes y feos. Hoy en día a veces me critican porque uso espejuelos caros, a lo que siempre sonrió y admito sin ningún complejo.

En mi barrio la actividad social que más destacaba era la brujería, había una señora anciana de la cual nunca supe su verdadero nombre pues todo el mundo le decía “Madrina” y la trataban con sumo respeto. Años después cuando vi la película El padrino pensé sobre las semejanzas de aquellos personajes tan diferentes solo llegue a la conclusión que en ambos casos el poder de los ahijados es temible. Una vez la pelota del juego vespertino se coló por una de sus ventanas y me tocó después de una violenta discusión ir a buscarla. Cuando toqué la puerta la “madrina” me recibió con una sonrisa enorme, la pelota había caído en un plato lleno de collares, y a su entender alguno de sus santos me estaba llamando, me acaricio casi que pegándome con un gajo de rompesaraguey, me brindó un caramelo y me invitó a ir a aquella casa llena de imágenes y extrañas pinturas cuando yo quisiera.

Al pasar el tiempo mis padres defendieron en complicados juicios a mis compañeros de aula, los mismos con quien cruce puños más de una vez por decirme nombretes por usar espejuelos. La “Madrina” del barrio se volvió loca ,dicen que los santos la mandaron a buscar a ella y por eso perdió la mente, quizás no tuvo quien le diera con el “rompesaraguey” . y yo me beque para hacer el preuniversitario, el único del barrio. Pero las historias del pre son muy largas para ponerlas aquí así que las dejo para otro post.

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