There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
The Beatles
-Te vi en la premier del libro de los Beatles- me dijo aquel muchacho delgado y con expresión alegre. Se sentía contento de haber encontrado a otro fan de los legendarios brujos de Liverpool a solo unos pasos de su aula. Por aquella época estudiamos en el IPVCE Vladimir I. Lenin, estábamos en aulas contiguas y aunque después de aquel momento no entablamos inmediatamente una gran amistad, nos empezamos a saludar ya con cierta confianza, como los miembros de un club secreto, y de cierta forma lo era, los fanáticos a los Beatles en La Habana forman parte de una cofradía sin sede que visita los mismos lugares los mismos días y, aun sin conocerse, se saludan como si fueran amigos de toda la vida.
Quiso ese destino no tan casual, que con la creación de los planes emergentes en Cuba nos reuniéramos para cursar el doce grado en otra escuela, una de nuevo tipo. Los que se quedaron en la Lenin estudiaron a Lezama y a Carpentier, aprendieron un poco de física eléctrica y elementos de química orgánica, a la vez que se preparaban para las pruebas de ingreso a la universidad. Nosotros no, no hacía falta. En este lugar, “los mejores estudiantes de todos los preuniversitarios”, pasábamos un curso de nivelación con la intención de convertirnos en maestros de computación para la educación primaria. Algo de pedagogía con psicología infantil y Herminio Almendros con Juan Ramón Jiménez fue todo lo que lleno nuestras libretas. Lo cierto fue que ahí, como esas espadas de la forja medieval, a golpes, calor y baños de agua fría nació “el piquete”.
Aquel muchacho delgado de expresión alegre, con el que inicialmente solo compartía la afición por un grupo de rock y un saludo afectuoso, se convirtió poco a poco en miembro imprescindible del grupo. No éramos más de seis en general, pero había miembros obligados y él era uno de ellos, quizás por ser el más ecuánime o el más inteligente, pero no se concebía cruzada alguna si no estaba presente. Empezamos a ser miembros del mismo equipo, fuera cual fuera la competencia, y a compartir tostadas y guayaba cuando el hambre apretaba al final de la semana. Inventamos extensos proyectos académicamente admirables para convencer a los profesores de la necesidad de pasarnos la noche en los laboratorios de computación, claro que esto no duro mucho tiempo pues los tiros de los juegos en las computadoras y la gritería al calor de la alegría del equipo ganador empezó a oírse donde dormían los maestros de guardia. Aquel curso pasó rápido como todo lo divertido pero fue testigo del nacer de los lazos fraternales más fuertes que conozco.
Decidimos estudiar la misma carrera, quizás por habernos pasado un año de receso neuronal elegimos una que se elevaba un poco más allá que los mismos orígenes del pensamiento humano. Olvidamos que una buena nota tiene más de transpiración que de inspiración. Y después de varios dos con pluma roja sobre nuestras primeras pruebas, compartimos una vez más la misma mesa, en esta ocasión y después de mucho tiempo, para volver a estudiar. Aprendimos sobre las genialidades de Gauss y los límites de L’Hospital, los teoremas de Tales llenaron las libretas juntos con inentendibles algoritmos. Aprendimos a leer justo lo necesario y ni una gota más. Había cosas más importantes que hacer.
Al final, del piquete solo quedamos los necesarios. Fuimos con no más de diez minutos de planificación a tirarnos por un cable colgado entre dos lomas de La sierra del Rosario en Pinar del Rio. Un verano, con 200 pesos en el bolsillo atravesamos la isla en un tren con espíritu de jicotea coja para bañarnos en un rio de la Sierra Maestra lleno de cavernas submarinas; el próximo, nos fuimos a cruzar el Escambray. Entonces fue que comprendí el principio martiano “Subir lomas hermana hombres”. El piquete se unió mucho, podíamos predecir pensamientos y adivinar comportamientos, ya ni nos podíamos mentir unos a otros. En ocasiones, conocernos tanto dejaba de ser divertido.
Un día llego el abuelo del muchacho, que ya no era delgado aunque aún le gustaban los Beatles. Un abuelo que dejo el país cuando el Mariel o quizás un poco antes. Nunca había vuelto, era un abuelo triunfador en su vida, tenía anécdotas y un retiro, hablaba de oportunidades y dinero, pero también hablaba de una familia unida. El abuelo tenía un plan y era un abuelo triunfador.
Empezábamos a trabajar y la vida se enriquecía en dificultad, como en aquellos juegos de las madrugadas, sin tiros, pero con muertes de las que no se arreglan con una tecla. Pero una vez más el piquete siempre estuvo ahí. Siempre ahí, los imprescindibles junto con los demás. El dinero perdió su admirable cambio uno a uno por sonrisas y empezó a ganar terreno en los mercados, el fin de semana empezó a ser de tan solo dos días.
Mientras nos ganábamos el salario día a día, concentrados en aquellos inentendibles algoritmos, que ya no eran tan inentendibles, caminaba, como el tiempo, lento pero imparable, los burocráticos tramites de la oficina de emigración. Aquel burocratismo siempre criticado ahora nos regalaba horas extras de la presencia de aquel miembro imprescindible del piquete y fanático de los Beatles. Quizás no supimos valorarlo a tiempo.
Aquel domingo, se separó el piquete, se perdió la opinión ecuánime o la más inteligente. Dejo a su novia y a muchos amigos. Se reunió con su familia. Él fue el último del exitoso plan, de ese plan que hablaba de oportunidades y dinero pero también de una familia unida.
