miércoles, 18 de mayo de 2011

A un amigo...


There are places I'll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain

The Beatles


-Te vi en la premier del libro de los Beatles- me dijo aquel muchacho delgado y con expresión alegre. Se sentía contento de haber encontrado a otro fan de los legendarios brujos de Liverpool a solo unos pasos de su aula. Por aquella época estudiamos en el IPVCE Vladimir I. Lenin, estábamos en aulas contiguas y aunque después de aquel momento no entablamos inmediatamente una gran amistad, nos empezamos a saludar ya con cierta confianza, como los miembros de un club secreto, y de cierta forma lo era, los fanáticos a los Beatles en La Habana forman parte de una cofradía sin sede que visita los mismos lugares los mismos días y, aun sin conocerse, se saludan como si fueran amigos de toda la vida.
Quiso ese destino no tan casual, que con la creación de los planes emergentes en Cuba nos reuniéramos para cursar el doce grado en otra escuela, una de nuevo tipo. Los que se quedaron en la Lenin estudiaron a Lezama y a Carpentier, aprendieron un poco de física eléctrica y elementos de química orgánica, a la vez que se preparaban para las pruebas de ingreso a la universidad. Nosotros no, no hacía falta. En este lugar, “los mejores estudiantes de todos los preuniversitarios”, pasábamos un curso de nivelación con la intención de convertirnos en maestros de computación para la educación primaria. Algo de pedagogía con psicología infantil y Herminio Almendros con Juan Ramón Jiménez fue todo lo que lleno nuestras libretas. Lo cierto fue que ahí, como esas espadas de la forja medieval, a golpes, calor y baños de agua fría nació “el piquete”.
Aquel muchacho delgado de expresión alegre, con el que inicialmente solo compartía la afición por un grupo de rock y un saludo afectuoso, se convirtió poco a poco en miembro imprescindible del grupo. No éramos más de seis en general, pero había miembros obligados y él era uno de ellos, quizás por ser el más ecuánime o el más inteligente, pero no se concebía cruzada alguna si no estaba presente. Empezamos a ser miembros del mismo equipo, fuera cual fuera la competencia, y a compartir tostadas y guayaba cuando el hambre apretaba al final de la semana. Inventamos extensos proyectos académicamente admirables para convencer a los profesores de la necesidad de pasarnos la noche en los laboratorios de computación, claro que esto no duro mucho tiempo pues los tiros de los juegos en las computadoras y la gritería al calor de la alegría del equipo ganador empezó a oírse donde dormían los maestros de guardia. Aquel curso pasó rápido como todo lo divertido pero fue testigo del nacer de los lazos fraternales más fuertes que conozco.
Decidimos estudiar la misma carrera, quizás por habernos pasado un año de receso neuronal elegimos una que se elevaba un poco más allá que los mismos orígenes del pensamiento humano. Olvidamos que una buena nota tiene más de transpiración que de inspiración. Y después de varios dos con pluma roja sobre nuestras primeras pruebas, compartimos una vez más la misma mesa, en esta ocasión y después de mucho tiempo, para volver a estudiar. Aprendimos sobre las genialidades de Gauss y los límites de L’Hospital, los teoremas de Tales llenaron las libretas juntos con inentendibles algoritmos. Aprendimos a leer justo lo necesario y ni una gota más. Había cosas más importantes que hacer.
Al final, del piquete solo quedamos los necesarios. Fuimos con no más de diez minutos de planificación a tirarnos por un cable colgado entre dos lomas de La sierra del Rosario en Pinar del Rio. Un verano, con 200 pesos en el bolsillo atravesamos la isla en un tren con espíritu de jicotea coja para bañarnos en un rio de la Sierra Maestra lleno de cavernas submarinas; el próximo, nos fuimos a cruzar el Escambray. Entonces fue que comprendí el principio martiano “Subir lomas hermana hombres”. El piquete se unió mucho, podíamos predecir pensamientos y adivinar comportamientos, ya ni nos podíamos mentir unos a otros. En ocasiones, conocernos tanto dejaba de ser divertido.
Un día llego el abuelo del muchacho, que ya no era delgado aunque aún le gustaban los Beatles. Un abuelo que dejo el país cuando el Mariel o quizás un poco antes. Nunca había vuelto, era un abuelo triunfador en su vida, tenía anécdotas y un retiro, hablaba de oportunidades y dinero, pero también hablaba de una familia unida. El abuelo tenía un plan y era un abuelo triunfador.
Empezábamos a trabajar y la vida se enriquecía en dificultad, como en aquellos juegos de las madrugadas, sin tiros, pero con muertes de las que no se arreglan con una tecla. Pero una vez más el piquete siempre estuvo ahí. Siempre ahí, los imprescindibles junto con los demás. El dinero perdió su admirable cambio uno a uno por sonrisas y empezó a ganar terreno en los mercados, el fin de semana empezó a ser de tan solo dos días.
Mientras nos ganábamos el salario día a día, concentrados en aquellos inentendibles algoritmos, que ya no eran tan inentendibles, caminaba, como el tiempo, lento pero imparable, los burocráticos tramites de la oficina de emigración. Aquel burocratismo siempre criticado ahora nos regalaba horas extras de la presencia de aquel miembro imprescindible del piquete y fanático de los Beatles. Quizás no supimos valorarlo a tiempo.
Aquel domingo, se separó el piquete, se perdió la opinión ecuánime o la más inteligente. Dejo a su novia y a muchos amigos. Se reunió con su familia. Él fue el último del exitoso plan, de ese plan que hablaba de oportunidades y dinero pero también de una familia unida.

miércoles, 4 de mayo de 2011

La Playa, el “Corpus Iuris Civilis” y el “rompesaraguey”


Cuando nací ya mi familia vivía en La Habana, gracias a eso no clasifico como Palestino, título que aunque en Cuba no pasa de ser un despectivo, en algunos lugares del mundo pudiera ser sospechoso de pertenecer a sectas extremistas. Me cuenta mi mamá que por ese entonces vivíamos en Guanabo con mi papá, en un garaje muy grande que habían convertido en una casa pequeñita. Años después, cuando mis padres se divorciaron, y aun siendo muy niño pasaba los fines de semana en aquel lugar. Curiosamente, mis recuerdos de aquella etapa en la playa me remontan siempre a fríos inviernos, tengo imágenes de jugar en la arena con mi papá mientas un violento mar agitaba la playa solitaria, tomar malta en pergas enceradas y corretear en el famoso parque de diversiones conocido como “los caballitos” de los cuales hoy no queda nada. Tiempo después mi papa se volvió a casar con una mujer que vivía en el otro extremo de La Habana y se mudó para casa de ella para no regresar más a la pequeña casita de Guanabo la cual volvió a convertirse en un gran garaje nuevamente.

Mi mamá también se casó de nuevo pero no se mudó, fue su esposo el que vino a vivir con nosotros, yo tendría par de años y vivía en una casona colonial en La Habana Vieja, fue donde crecí y es donde vivo todavía. Ella estudió derecho y trabajaba en un bufete colectivo, ahí conoció a mi padrastro que también era abogado, mezcla que provoco que los libreros de la casa fueran monotemáticos, las tertulias nocturnas trataran sobre el “Corpus Iuris Civilis” y mientras mis amiguitos en la escuela cuando jugaban al policía y al ladrón querían meter a la gente presa, yo les explicaba que aquello era imposible sin un juicio antes.

Mi primaria fue típica… como cualquier otra primaria de la Habana Vieja. Donde los niños no quieren ser doctores, bomberos o cosmonautas, sino Abacuas, Babalaos o Yabos. Aprendí a fajarme y después aprendí a que fajarse no resuelve nada… todo lo contrario. Mientras mi maestra enseñaba que las estrellas no tenían luz propia sino que la recibían del sol ( se los juro por mi madre que decía eso), leía libros de mitología griega, ya por ese entonces usaba espejuelos, unos muy feos grandes de pasta que me hacían par de moretones en la nariz y hasta estuvieron amarrados con un alambre en una ocasión que se les cayó la pata, muchas de mis peleas a la salida de la escuela fueron por causa de los nombretes que recibí por usar espejuelos grandes y feos. Hoy en día a veces me critican porque uso espejuelos caros, a lo que siempre sonrió y admito sin ningún complejo.

En mi barrio la actividad social que más destacaba era la brujería, había una señora anciana de la cual nunca supe su verdadero nombre pues todo el mundo le decía “Madrina” y la trataban con sumo respeto. Años después cuando vi la película El padrino pensé sobre las semejanzas de aquellos personajes tan diferentes solo llegue a la conclusión que en ambos casos el poder de los ahijados es temible. Una vez la pelota del juego vespertino se coló por una de sus ventanas y me tocó después de una violenta discusión ir a buscarla. Cuando toqué la puerta la “madrina” me recibió con una sonrisa enorme, la pelota había caído en un plato lleno de collares, y a su entender alguno de sus santos me estaba llamando, me acaricio casi que pegándome con un gajo de rompesaraguey, me brindó un caramelo y me invitó a ir a aquella casa llena de imágenes y extrañas pinturas cuando yo quisiera.

Al pasar el tiempo mis padres defendieron en complicados juicios a mis compañeros de aula, los mismos con quien cruce puños más de una vez por decirme nombretes por usar espejuelos. La “Madrina” del barrio se volvió loca ,dicen que los santos la mandaron a buscar a ella y por eso perdió la mente, quizás no tuvo quien le diera con el “rompesaraguey” . y yo me beque para hacer el preuniversitario, el único del barrio. Pero las historias del pre son muy largas para ponerlas aquí así que las dejo para otro post.

La premier

Lo peor que hay en la vida es trabajar presionado y con expectativas ajenas. Varios amigos me han comentado que están deseoso de ver mi primer post, y a mí que entre el trabajo y el ajetreo diario no me da tiempo ni para acabar de enmarcar par de carteles de cine que tengo tirados en el cuarto, que me va a dar tiempo para escribir un post. En fin hoy no encontré las puntillas para el dichoso marco y como ya tenía un huequito en la agenda, le metí mano a esto. Primero definí algunas sesiones. Me parece que un rinconcito para mis fotos, otro para las locuras que se me ocurren y un lugar para que los que no son mis amigos me conozcan es suficiente. Sé que es muy difícil que alguien que no me conozca venga a leer estas cosas pero na.., “por si las moscas”. Quizás por el camino agreguemos otros espacios, pero ahora no se me ocurre ninguna otra funcionalidad.